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l futuro de nuestro planeta descansará un día en las
manos de nuestros hijos. ¿Qué tan bien preparados
estarán para sacar adelante a la sociedad? Quizá la
forma más segura de saberlo sea el éxito que logremos al
educarlos para que realicen ese papel. Con tristeza debemos reconocer
que, todo indica que este empeño no se ha logrado. En este
momento en que la calidad de la educación es más
importante que en ningún otro período de la historia,
nuestras escuelas fracasan a una velocidad alarmante.
La tragedia del estudiante de los Estados Unidos es uno de los
típicos problemas educacionales a los que se enfrentan la
mayoría de los países occidentales. Este país
tuvo alguna vez uno de los mejores sistemas educativos del mundo, y
sin embargo, por casi tres décadas ese sistema continúa
encarando una crisis enorme.
Más del 25 por ciento de todos los estudiantes que dejan la
escuela secundaria o se gradúan de ella, carecen de las
destrezas mínimas de lectura y escritura que la vida diaria
exige.
En las escuelas secundarias americanas, el promedio de
deserción en las zonas pobres del centro de las ciudades, es
alrededor del 30 al 50 por ciento.
De acuerdo al presidente de una asociación de profesores,
más del 50 por ciento de todos los profesores nuevos abandonan
la profesión durante los primeros cinco años.
Las calificaciones de los estudiantes americanos en el SAT (Test de
Aptitud Escolar), descendieron a niveles considerablemente más
bajos que los que lograron los estudiantes a mediados de la
década de 1960.
Las noticias de los medios de comunicación informan con
regularidad sobre el continuo descenso en las calificaciones de los
tests estandarizados, sobre salones de clase repletos de estudiantes,
sobre el descontento del público por malgastar el dinero de los
impuestos en lo que consideran una inversión cada vez
más inadecuada y sobre la creciente desilusión de los
profesores.
En verdad es una escena horrible, sin embargo no es mejor en la mayor
parte del resto del mundo.
Una encuesta británica patrocinada por The Sunday
Times de Londres, por ejemplo, encontró que el 42 por
ciento de aquellos a quienes se entrevistó eran incapaces de
sumar los precios del menú de una hamburguesa, papas fritas,
pastel de manzana y café. Uno de cada seis habitantes de la
Gran Bretaña, no podía localizarla correctamente en un
mapa del mundo.
Según informes oficiales y de los medios de
comunicación, el patrón de descenso educacional es
evidente en casi todos los países de Occidente, lugares donde,
en otro tiempo, la excelencia de la educación pública se
consideraba un hecho.
Estas cifras desalentadoras se traducen en una escena económica
por igual deprimente. A nivel internacional, el gasto que tienen las
empresas por reducción o desperdicio de productividad,
desempleo y crimen, se estima en 300 mil millones de dólares
anualmente. Se les obliga a desarrollar sus propios programas para
remediarlo y para enseñar a los empleados las destrezas de
lectura básica, escritura y cómputo necesarias para
funcionar en el trabajo.
Parece que no hay escasez de ideas ni de teorías sobre
cómo llevar a cabo reformas educacionales, pero los programas
tienden a crear tantos problemas como los que resuelven.
Después de que la crisis de la educación se
convirtió en noticia de primera plana en los periódicos;
por ejemplo, los Estados Unidos instituyeron políticas
estrictas de retención y añadieron requisitos de
graduación basándose en la suposición de que un
reto mayor mejoraría la actuación de los estudiantes.
Ocurrió lo contrario: las políticas elevaron, en vez de
disminuir, la proporción de deserción de las escuelas en
algunas de las ciudades. El presidente de la Federación
Americana de Profesores argumentó: "Es ridículo subir la
valla a niños que, por principio de cuentas, ni siquiera son
capaces de saltar".
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